El jesuita Bayès, entre la alegría y las lágrimas de la gente

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Un sacerdote se encuentra en una rueda del tiempo en que cada día convive con la alegría y las lágrimas de la gente.

1. Esta rueda del tiempo sobre la tarea sacerdotal es la bella imagen explicada por el jesuita Gabriel Bayès i Turull en la homilía de la misa celebrada en el monasterio de Sant Cugat lleno de jóvenes y adultos con motivo de los 50 años de su ordenación sacerdotal. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia», confiesa el P. Bayès con palabras de Jesús (Juan 10, 10). «Miles de eucaristías celebradas y cientos de bautizos, matrimonios y entierros configuran la labor pastoral del P. Bayès en nuestra parroquia. Damos gracias a Dios por su entrega incondicional al Señor y a sus feligreses», ha escrito el también jesuita Lluís Victori.

2. La misión básica del jesuita se sitúa en las periferias existenciales, de que habla el Papa Francisco. Allí donde viven, conviven y dialogan el creyente y el ateo, la fe y la ciencia, la comunidad eclesial y el compromiso cívico o político, las personas de diversas culturas, creencias y condiciones socioeconómicas.

3. El P. Bayes recordó en la homilía la buena labor de Cáritas en Sant Cugat. Los rectores de Sant Cugat (Juli Nàjera, Pere Vivó, y hoy Blai Blanquer) han velado por la acción social de la parroquia. También recordó que pertenece a la generación de sacerdotes, religiosos y laicos que han asumido los planteamientos transformadores del Vaticano II, concilio impulsado por los Papas Juan XXIII y Pablo VI. Él fue ordenado el 15 de julio de 1966, poco después de la clausura del Vaticano II (1962-65). El Vaticano II ha introducido en el seno de la Iglesia católica un espíritu de renovación, de fidelidad al Evangelio y de puesta dl dia eclesial. Pero queda todavía mucho por hacer y muchas resistencias a vencer en este proceso de aggiornamento.

4. P. Gabriel hizo saber que le gustaría que quien quisiera obsequiarle con motivo de su fiesta jubilar lo hiciera dando su apoyo a Cáritas parroquial. Sólo aceptó un obsequio. Un volumen con escritos breves de personas que lo han tratado durante estos años. Quien suscribe escribió: «P. Gabriel, no nos hemos tratado personalmente. Sólo en alguna ocasión huidiza. Al principio pensaba que usted era un sabio despistado. Ahora sé que es un sabio, pero que no es un despistado. Hay, eso sí, una relación silenciosa y en el espíritu que se da entre el sacerdote que preside la eucaristía y los asistentes. Aunque no le guste, me encontrará en las últimas filas del templo del monasterio que es un lugar adecuado para los pecadores que intentan ser cristianos. Hay que agradecerle el estilo de su celebración y de sus homilías. Un estilo documentado, sencillo y lleno de humanidad, sin afectaciones falsas ni florituras superfluas, que facilita la transmisión del Evangelio y la incidencia de sus valores en la vida cotidiana y existencial de las personas. En la periferia de las personas y de las realidades, como dice el estimado Francisco. Muchas gracias y por muchos años. Y haga caso del buen Dios que me parece que le dice: Gabriel, cuídate».

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