Las mentiras unionistas contra el referéndum al descubierto

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El unionismo de allí y de aquí emplea el engaño en su intento de neutralizar el referéndum de los catalanes sobre el presente y el futuro de Catalunya. El artículo «Una broma de mal gusto», de Eduard Voltas, es la traducción de un texto publicado en www.elmon.cat, que deja al descubierto las mentiras unionistas.

               Hagamos memoria. Primero fue una propuesta de reforma del Estatut aprobada por el Parlament (2005) con el voto de 120 de los 135 diputados, es decir el 88% de la cámara. Pero los mismos que ahora dicen que con un 51% no se puede hacer la independencia tomaron el  88% y se lo pasó por la piedra con un buen cepillado en el Congreso.

               El Estatut recortado generó tanto entusiasmo popular que fue aprobado en un referéndum (2006) con el 48,8% de participación, menos de la mitad del censo. El fracaso de participación no fue inconveniente para los que ahora dicen que para validar un referéndum de autodeterminación es necesaria una participación masiva consideraran el resultado plenamente válido.

          No bastante satisfecho con el recorte del Estatut y la desmoralización del catalanismo, el Estado quiso rematar el moribundo con una sentencia del TC (2010) pactada entre PP y PSOE. Así pues, los que ahora dicen que «no aceptaremos referéndums ilegales» anularon el resultado de un referéndum legal y acordado.

           Pero fue un mal cálculo: el moribundo revivió y se presentó en Madrid con una nueva propuesta que, como el Estatuto, tenía detrás una gran mayoría del Parlament y de la sociedad. El pacto fiscal era la catalana manera de referirse al concierto económico. Con una diferencia muy importante con el concierto vasco: Catalunya ya decía de entrada que estaba dispuesta a hacer una aportación solidaria al resto del Estado. Eso sí, las llaves de la caja debían estar en Barcelona. Y los mismos que ahora dicen que «hay que tender puentes en vez de dibujar líneas rojas» dijeron que no, que las llaves de la caja eran una línea roja.

               Y fue así, después de comprobar que no servía absolutamente de nada ni tener el 88%, ni hacer referéndums legales y acordados, ni presentar propuestas para quedarse, que el grueso del catalanismo hizo el cambio de agujas y cogió la vía donde estamos ahora. Esta es la historia. No es extraño, por tanto, que los partidos, empresarios y medios de comunicación catalanes que reclaman a Puigdemont y Junqueras un paso atrás en nombre del diálogo, no osen decir a qué casilla concreta quieren que vuelvan, ni en que se basan para pensar que ahora irá diferente. Lógicamente tampoco lo harán Rajoy, Soraya o Millo, primero porque no tienen nada tangible que ofrecer, y segundo porque, en caso de que lo tuvieran, deberían explicar al mismo tiempo por qué Catalunya debería fiarse ahora de quien lo ha engañado tantas veces. Hacer memoria de vez en cuando es importante para situarse, y en este caso, también sirve para entender qué es exactamente la operación «Diálogo»: una broma de mal gusto.

              (Www.avantguarda.cat recomienda la lectura de este artículo a Màrius Carol, Lluís Foix, Francesc Granell, Rafael Jorba, Enric Juliana, Juan-José López Burniol, Llàtzer Moix, Gregorio Morán, Antoni Puigverd, Fernando Ónega, José Antonio Zarzalejos y otros federalistas españoles y «terceraviistes»).

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