Última nit de Puig Antich

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               El salesià Antonio Manero, mort fa uns mesos, va ser cridat per Salvador Puig Antich perquè l’acompanyés en les hores prèvies  a la seva execució. La presència d’un capellà era preceptiva i el reu, que no es refiava del de la presó, va optar per un que havia estat educador seu quan estudiava intern als Salesians de Mataró. Manero mai no va voler relatar aquella nit, però m’envien ara un butlletí salesià on el silenci que el capellà s’havia imposat queda trencat. Ho transcric, en el castellà original, per si és d’interès d’algú.

               “Fue una noche o mejor unas horas interminables por la angustia que todos llevábamos en nuestro corazón. ¿También Salvador? Es difícil saber cuál era su estado de ánimo en esos momentos. Aparentemente estaba sereno. Yo no le notaba un gran nerviosismo. El abogado Arau entraba y salía dándole noticias de todo lo que se estaba haciendo para que se intercediera pidiendo el indulto, tanto autoridades políticas como religiosas… Todas estas noticiasncreo que mantenían en Salvador viva la esperanza.

               Hacia las ocho, tal vez las siete y media, los guardias dijeron que debían salir los familiares y quedarse con él sólo el sacerdote ya que así estaba prescrito. Se despidieron las hermanas… Nos quedamos los dos solos. Los guardias seguían alrededor. Sin duda que aquellos fueron los momentos de más tensión para Salvador y también para mí: el tiempo iba avanzando y el indulto no llegaba, y lo más doloroso tal vez: le habían alejado a sus seres queridos… Llegó un teniente. Esposaron a Salvador. Me dijeron que me despidiera de él. No lo abracé porque pensé que aún sufriría más porque él ya no podía responder a mi abrazo. Cogí sus manos entre las mías, las apreté fuertemente y le dije las últimas palabras que me vinieron a la mente, intentando ayudarle en su soledad trágica, sin compañía de ningún rostro familiar o de amigo: ‘Salvador, Dios te ama.’ Me pareció en aquel momento que la cercanía de Dios como último pensamiento, algo le podía ayudar. No lo sé. Solamente Dios que ve los corazones veía la situación de Salvador como vió la de Cristo en la cruz. Entonces y ahora creo en un Dios que nos ama siempre pero más cuanto más lo necesitamos.  

               Me parece que aquella tarde fue el entierro. Fue igualmente muy triste porque sólo estábamos los familiares,
incluido el padre. Éramos muy pocos. Estábamos vigilados: había policías. Lo que más me llamó la atención fue que, hasta en algunas bocacalles que forman las hileras de nichos, se veían policías a caballo. Yo pensaba: Cuánto miedo tienen”.

               El que ha rescatat l’escrit afegeix que quan va tornar al col·legi de Barcelona on llavors estava destinat i on l’havien anat a buscar de matinada, els companys van observar que “don Antonio había envejecido diez años”.

(Text de Manuel Cuyàs a El Punt/Avui)

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